Si uno le pregunta a los aficionados a la literatura de terror quiénes son los popes del género, lo más probable es que de su boca surjan tres nombres conocidísimos: el de los estadounidenses Edgar Allan Poe (1809-1849), Howard Philips Lovecraft (1890-1937) y, cómo no, el de Stephen King (n. 1947). Siendo expertos indiscutibles en escribir historias que nos ponen los pelos de punta y pueblan nuestras pesadillas, a los que recordamos como tales o terminaremos recordando de esa manera si nos referimos al novelista de Maine —y que nos dure mucho tiempo—, los tres expresaron con mayor o menor profundidad su parecer sobre cuáles son las características de una narración de terror certera. Poe lo hizo en varios ensayos con teoría general, como Filosofía de la composición (1846); Lovecraft, en uno propio, titulado sin ambages El horror sobrenatural en la literatura (1927); y King, en el extenso Danza macabra (1981).

Antes de meterse en harina, a analizar el surgimiento y el desarrollo de la narrativa gótica, qué autores y obras literarias fueron capitales para ello y los que cuentan con su admiración y gran simpatía según los ideales estéticos que se propuso defender, H. P. Lovecraft dejó estos últimos clarísimos en la introducción de su ensayo. Si nuestro querido Stephen King identifica la esencia del cuento terrorífico en el hecho de que explora “los temores personales” y los “compartidos por un amplio espectro de población”, y que sus artífices se inventan “horrores ficticios para ayudarnos a soportar los reales” y obtener un desfogue “por poderes” en “esas emociones y sensaciones antisociales que la sociedad exige que mantengamos a raya en la mayor parte de las ocasiones, no sólo por el bien de la sociedad sino también por el nuestro”, la clave para Lovecraft está en lo desconocido.

h. p. lovecraft el horror sobrenatural en la literatura
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Las primeras e inolvidables palabras de El horror sobrenatural en la literatura son las siguientes: “La más antigua y poderosa emoción de la humanidad es el miedo, y la clase más antigua y poderosa de miedo es el temor a lo desconocido”. Si bien esta idea cuadraría con uno de los cuatro arquetipos generales que King halla en las historias terroríficas, el de “la cosa sin nombre”, el peligro exterior desconocido y desconcertante, es más que posible que Lovecraft considerara que los otros tres también se pueden enmarcar en tal categoría o tipo de miedo al margen de su procedencia, de forma que “el hombre lobo”, “el vampiro” y “el fantasma” y las variaciones que mantienen sus entrañas esenciales despiertan a su vez nuestro temor por lo que desconocemos sobre los mismos. Sea como fuere, Lovecraft hunde las raíces de este miedo en nuestro pasado más remoto.

“Lo desconocido, siendo asimismo lo impredecible, se convirtió para nuestros primitivos ancestros en una terrible y omnipotente fuente de bendiciones y calamidades que caían sobre la humanidad por razones crípticas”, y es que “lo ignorado y el peligro van siempre íntimamente unidos”, de modo que “cualquier terreno desconocido se constituye en un mundo de amenazas” y posibilidades tremebundas. ¿Qué género puede ser más apasionante que el terror con estos mimbres? Por este motivo y como ya había afirmado en las páginas de En defensa de ‘Dagón’ (1921), Lovecraft no puede “escribir acerca de gente ordinaria” porque no está interesado en ella, “sin interés no puede haber arte” y “son las relaciones del hombre con el cosmos, con lo desconocido”, lo que saca lo mejor de su “imaginación creativa”.

Pero la atmósfera es lo de importancia mayor, afirmó después en El horror sobrenatural en la literatura, “ya que el aire final de auténtico no viene dado por lo minucioso de una trama, sino por la creación de una sensación concreta”. Y es que “el verdadero cuento sobrenatural contiene algo más que muertes selectas, huesos ensangrentados o una forma envuelta en sábanas y agitando cadenas”; en verdad, “ha de estar presente cierta atmósfera de inquietud e inexplicable miedo a fuerzas desconocidas y ajenas”, la cosa sin nombre otra vez, y “un atisbo, expresado con la apropiada seriedad y el sentido del portento” de lo significa “la abolición de esas leyes inmutables de la naturaleza” que se distinguen como “nuestra única salvaguarda contra el ataque del caos y los demonios del espacio insondado”. No es de extrañar que haya quien no pueda dormir tras haber leído las historias de H. P. Lovecraft.

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